miércoles, junio 21, 2017

Saboreando la victoria

Llevaba varias semanas entrenando. Mi método no era el más adecuado, lo sabía, pero era el mío. Siempre seleccionaba a la misma cajera del supermercado, hacía fila y colocaba por grupos toda la compra del carrito metálico del supermercado; los productos frescos, las latas, las bebidas, los congelados... y me ponía en línea de salida. Cuando me llegaba el turno salía disparada al otro extremo de la caja, en la línea de meta de mi compra, le pedía las bolsas de plástico calculadas e iniciaba la competición. La cajera me miraba desafiante y comenzaba a pasar los productos por el escáner como si fuera Eduardo manos tijeras en versión cajera de supermercado. Casi no se le veían las manos mientras mis productos se iban amontonando como señoras a las puertas de las rebajas. El pollo mezclándose con el pan, la verdura en comunión con el pescado, las latas haciendo barricada, ni el detergente lograba frenar su carrera por el podium. No había quien la ganara. Yo me centraba en ir introduciendo cada cosa en su bolsa, para evitar la mezcla. Sabía que iba a perder, siempre perdía. De nada serviría que la distrajera con algún truco de despiste como decirle que acababa de ver cómo robaban en la sección de encurtidos, o informarle de que tenía un moco en la nariz con la seguridad de que interrumpiría la carrera. Era imbatible. Cuando acababa, y con el rostro victorioso, me entregaba el ticket de compra mientras yo seguía haciéndome un lío con el pollo, los mejillones, las galletas, la panela, el pan. Nunca se me dio muy bien clasificar... no sé por qué insistía en mantener mi método.


Pero ayer me cambió la suerte, aunque es cierto que iba algo dopada, me había tomado vitamina C con 4 pastillas de magnesio de Ana María Lajusticia (pero esto nunca lo sabrían). Llené el carrito metálico de la compra, me dirigí a la caja, allí estaba ella, lista para competir. Cuando me tocó el turno la miré dando el toque de salidas y comencé a introducir la compra a toda pastilla, mis manos parecían las de un trilero, nadie sabía si había cogido el pollo, las sardinas, el champú o las cápsulas de café. En cero coma uno toda mi compra estaba dentro de las bolsas de plástico, mezclada, sin miramientos clasistas, más sabor para el pan mediterráneo, huevos con aroma de boquerones, pan de molde aplastado, no me importaba el mestizaje, tenía que ganar. Y gané con la última lata de berberechos entregada en mano que inmediatamente encesté provocando una sonrisa sardónica en la cajera. ¡Gané!- le dije. La cajera se rió y me regaló un paquete de chicles de hierbabuena para que saboreara mi victoria. Eso es espíritu deportivo y saber perder...

lunes, junio 19, 2017

Ayer sufrí las consecuencias de una abstinencia nunca experimentada. Salía de casa con mi coche cuando de pronto me dio un vuelco al corazón. Metí la mano en mi bolso, rebusqué como quien lava una ensalada y nada, no estaba, lo había olvidado en casa. Pude haber regresado pero llegaba tarde y me daba mucha pereza deshacer el camino andado. Pensé que podría vivir sin ello y proseguí. A medida que iba avanzando comenzaron los primeros síntomas. Todas las medicinas llevan un prospecto informando de dosis, profilaxis, efectos secundarios, un número en caso de intoxicación o de sobredosis, etc... Pero en este caso nada, pura praxis. 

Los primeros efectos no tardaron en llegar. Comencé a sentir angustia, a transpirar, y no era precisamente porque hiciera mucho calor y la carretera costera estuviera repleta de coches playeros dificultando la circulación. Desaparcar un coche en este periodo lleva el doble de tiempo, tienen que introducir en el coche los flotadores, las neveras, las sombrillas, las toallas, a la abuela, a los niños desperdigados con sus cubos y sus palas... mientras el afortunado y paciente conductor espera (en el único carril) a que todo se resuelva y pueda aparcar. Así cada dos por tres. Un viaje de 9 km eterno. Pero en fin, mi angustia no era solo por este motivo. 

Una vez superados los primeros síntomas, apareció un estado de paranoia compulsiva. Comencé a imaginarme situaciones catastróficas; una rueda pinchada, tres vueltas de campana y caída al mar, un secuestro por una banda de mafiosos rusos, un atropello de familia cordobesa al completo, con neveras, sombrillas, tumbonas, cubos y palas volando por el arcén  (me vi haciéndole el boca a boca al pater familias con su rostro sudoroso y con aceite de lata de atún en la comisura de los labios), caída de un helicóptero anunciante sobre mi capó, con su enorme banda de tela publicitaria cubriendo mi coche, o algo más mundano, un control de policía donde descubrirían que aún no he pasado la ITV y muestro signos de ebriedad mental. Puse la radio y me distraje, un horror, hablaban de política, la apagué y cesaron mis pensamientos melodramáticos, los hay peores.

La fila de coches avanzaba lentamente, apareció otro efecto, un tic de mano constante hacia el interior del bolso. Nada, lo había olvidado en casa. Mano al volante, 3 segundos después, mano al bolso de nuevo, ¨que no, que te lo has dejado en casa¨, mano al volante, y así unas 400 veces. Qué aburrimiento de atasco. Y me apareció otro efecto más, el de la ausencia. No estoy localizable, nadie sabe dónde estoy, no puedo contestar a los 300 grupos de wassap, me pierdo las conversaciones sobre el calor que hace en Madrid, los nuevos descubrimientos de belleza antiage, los planes de fin de semana que requieren una respuesta inmediata, la moción de censura, los memes, las memeces... no estoy, no existo. 


Finalmente llegué a mi destino, estuve 30 minutos y regresé a casa. Al entrar fui disparada hacia la mesilla donde había olvidado mi móvil. Tenía un atasco playero de mensajes, conversaciones acabadas, memes, memeces, pero ninguno interesándose por mis 2 horas de ausencia. No somos nadie...

miércoles, junio 14, 2017

El año pasado un amigo me invitó a su gran boda, quizás la gran boda del año, o de la década, o del siglo... ya se verá... La ceremonia se celebraba en una hermosa Masía en L'Empordà a la que llegábamos gracias a unos autocares dispuestos por los novios que salían de Barcelona. La noche anterior a mi viaje a la ciudad condal me subió la fiebre a unos grados similares a los de Sevilla en agosto. Aun así, decidí ir.

Pasé la noche bebiendo agua sin parar, con la esperanza de que la fiebre se ahogara en Font Vella. Por la mañana me encontraba mejor, aunque no tuve en cuenta los efectos de mi polidipsia. Nos subimos al autocar y empezamos un viaje que yo creía más breve. Yo llevaba una botella de agua de 1.5l que me bebí en un plis. Al cabo de 15 minutos comencé a sentir los efectos biológicos de mi desmesurada hidratación. El tiempo pasaba y mi incontinencia se agudizaba. Llegamos a L'Empordà, tan hermosa, tan inhóspita, tan sin baños donde poder resolver mi grave problema fisiológico. Si es verdad que somos un 80% agua, yo ya era un 150%. No podía resistirlo más. El autocar estaba repleto de invitados desconocidos y yo me retorcía en el asiento. Mi compañera de al lado se percató y me preguntó si me sentía mal. Le dije que estaba a punto de romper aguas. No estaba embarazada, no, estaba a punto de licuarme como un pomelo maduro. Avisamos al conductor de mi inminente parto acuoso. Nos dijo que por el camino no había posibilidad. Ay, qué bonita L'Empordà y qué desprovista de árboles o arbustos... De pronto informé de nuevo de mi inminente urgencia. El vehículo repleto de invitados masculinos procedentes de México, yo con un vestido de guante ceñido y unos tacones más altos que el abeto soñado para mi alivio. El autocar se atascó de pronto en uno de esos socavones que a veces aparecen en los caminos campestres (y que yo me suelo encontrar inoportunamente). Algunos invitados impolutos descendieron para ayudar al conductor desesperado a sacar el gigantesco autocar de su trampa. Yo comenzaba a tener contracciones, el sudor corría mi maquillaje, quizás era buena idea que el agua saliera por mis poros, pero, ¿tan lentamente? Finalmente la bestia con ruedas salió ilesa de su cepo. No yo, la cosa iba empeorando hasta tal punto que grité como una parturienta: ¡Paré! Y obedeció.

Había unos arbustos en la orilla y salí disparada junto con doncellas voluntarias que sostenían mi abrigo para cubrirme de los posibles mirones masculinos. En ese momento deseé ser uno de ellos. Cuando descendimos del autocar nos encontramos con un coche aparcado, había un hombre dentro: - Y usted agache la cabeza y no mire, ¿qué diablo hace usted aquí? – grité con ese humor desesperado de una gestante sin anestesia en las puertas del paritorio. Pobre, agachó la cabeza y no sé si miró. Mis doncellas sostenían el abrigo mientras yo hacía equilibrios sobre mis tacones. Inevitable, no atiné y mis medias sufrieron los efectos de mi mala puntería. No me importó, ya volvía a ser 80% agua de nuevo, o quizás menos... Al salir de los arbustos me enganché las medias y regresé al autocar como si viniera de un campo de entrenamiento militar. Maquillaje corrido, medias mojadas y enganchadas y yo aún doblada por el dolor. Recibí el mejor aplauso de mi vida, el más merecido de toda mi carrera literaria.

Cuando llegué a la Masía me encontré de cara con el novio, que me miró algo alucinado por mi estado. Afortunadamente llevo medias de repuesto y maquillaje de retoque. Entré en el baño y salí como si nada hubiera pasado. Lista para la ceremonia y el estelar episodio surrealista que vendría más tarde.

Los días previos a la boda la wedding planner me envió la documentación necesaria para no perderme el gran evento que incluía un listado de alojamientos cercanos. La mayor parte ya había alcanzado su máxima ocupación, no tanto por el número de invitados, que eran muchos muchísimos, sino porque era ¡Semana Santa! Finalmente encontré una casa rural con una vidriera modernista que me pareció muy romántica para la ocasión. Estaba situada en una pequeña aldea con una densidad de población que podría contarse con los dedos de las manos y los pies de un equipo de waterpolo. Muy tranquila, sí, allí en mitad de la campiña ampurdanesa, para que nadie me molestara del probable trasnocheo e ingente copeo...

Como el conductor había tardado más de la cuenta, con su enganche en el socavón y la invitada incontinente que paró su autocar lleno de mexicanos, fuimos directamente a la ceremonia, sin pasar por nuestros respectivos hoteles. Nos recibió el equipo de la wedding planner para ubicar nuestras maletas. Ya iríamos más tarde.

La boda merecería un capítulo aparte, pero me centraré en mi aventura. La ceremonia transcurrió sin ningún incidente, bordeé la piscina con cuidado de no caerme en el agua con mis tacones subversivos (aún no los tenía domados y me la podían liar), dejé de beber agua y cuidé mi postura para que no reventara mi vestido al levantarme. Prueba superada, después fuimos al cóctel ubicado en el jardín. Allí me fui cruzando con mexicanos que me sonreían al pasar y ladeaban la cabeza como indicándome dónde se encontraba el baño por si las moscas. Otros me hacían gestos de precaución al verme con una bebida en la mano. Era evidente que me había hecho famosa en la boda. ¿Cómo se referirían a mí? ¿la meona de la boda? ¿la incontinente? ¿La Tena Lady? Mi alto sentido de la estética no podía permitir que pasara a los álbumes de la gran boda del año con tales calificativos. Y parece ser que mis guardianes del Olimpo me escucharon. Pronto los apelativos quedarían eclipsados por otros...

He de decir que fue uno de los ¨convites¨ más divertidos que recuerdo. El cóctel fue espectacular, había una barra para cada tipo de comida. Barra de mariscos y pescados, de carne, de comida de autor, de lector, de cervezas, de vinos, de Gin Tonics, de tequila, de todo. Recuerdo que me dio por el marisco (alimento no muy adecuado para el ácido úrico), y bebí ¨como solo los valientes beben el placer¨. El día transcurrió entre comidas, bebidas, bailes, conciertos de grupos, risas, toilettes y demás entretenimientos. Llegó la noche y empezaron los 3 turnos programados de microbuses que trasladaban a los invitados. El primero salía antes del gran buffet mexicano. ¿Cómo me lo iba a perder si yo mato por una enchilada? El segundo partía antes del baile final, el más divertido, el más desinhibido, donde coincidiríamos todos ya reconocidos al haber pasado un día entero juntos (yo iba con ventaja, ya me había presentado por la mañana). Y el tercero y último salía después de que previsiblemente mis tacones ya se hubieran vengado de mis pies. Me esperé al último.

Acabó la fiesta. Los dos últimos microbuses nos esperaban para llevarnos a descansar. Me informaron de que mi alojamiento era el último de la ruta. Cuando llegamos a mi destino, no quedaba nadie más en el microbús. La casa rural estaba en la única plaza del pueblo y ni un alma en pena por la calle a las 5 de la mañana, salvo la mía. Les pedí que esperaran a que me abrieran la puerta y aceptaron. Llamé una, dos y tres millones de veces a la puerta. Nada. Llamé por teléfono una, dos, y tres millones de veces. Nada. Regresé al microbús y les informé de mi infortunio. Recordé entonces que la wedding planner me había dado su número en caso de emergencia. La llamé.

Como era lógico, ella ya estaba en la cama. Me dijo que no me preocupara que encontraríamos otro alojamiento. Entré en el microbús, afuera hacía un frío impopular, y los dos conductores y yo nos pusimos a buscar en internet hoteles cercanos. La Wedding planner hacía los mismo. No recuerdo el barrido hotelero online que hicimos y las llamadas de teléfono, pero sé que llegamos hasta la playa, hasta Barcelona y casi hasta Francia. Era Semana Santa y comprobé que la gente no se puede quedar en casa rezando por esas fechas, no. La cosa se ponía fea, el reloj iba a su cuerda y yo homeless total. La wedding planner me propuso ir a dormir a su casa, con su marido y sus cuatro hijos. No acepté, antes de molestarla duermo bajo un puente, aunque parecía que en ese diminuto pueblo no había ningún puente. Los conductores preocupados hicieron suya mi causa. No podían dejarme allí tirada, y 
comenzaron a hablar en catalán. Yo los observaba atónita y afectada por el sueño y la resaca.

- A ver, una cosa, dejad de hablar en catalán como si fuera un código secreto, que os entiendo todo, no es tan diferente al español... y me callé, no era momento de comenzar una discusión lingüística, estaba en peores condiciones.
- Pues comentábamos que no hay ninguna opción. No te vamos a dejar dormir en la calle, tienes que venirte a dormir a mi casa – me dijo uno de ellos.
- Es que en mi casa este fin de semana se han quedado los hijos de mi novia. Imagínate que no voy a llegar con una mujer como tú a casa de madrugada. No doy buena imagen – dijo el otro.
- ¿Una mujer como yo? – increpé.
- Bueno, me refiero a tan guapa y vestida de fiesta – se disculpó.
- Vale, pero ¿cómo me voy a ir a dormir a tu casa si no te conozco? – pregunté al solícito conductor.
- Pues es lo único que puedo ofrecerte, no creo que tengas más opciones, salvo la calle. Además en mi casa estarás cómoda, tengo una habitación de invitados con baño.

Sin otras opciones de cama y con una incontinencia doble, ya no solo líquida sino morfeica (me caía de sueño, y cuando yo me muero de sueño, lo parezco), acepté la invitación. El otro conductor se fue a su casa tan contento y yo acompañé a mi nuevo anfitrión a la cochera de los autobuses. No es necesario explicar en qué páramo oscuro e inhóspito se encontraba el garaje. Ni tampoco la nula iluminación que daban las estrellas por el eterno camino de tierra por el que me llevó. No quería pensar en el titular de los periódicos ni en mi obituario. El pobre anfitrión se percató de mi miedo y me dijo que entendía mi preocupación, pero que estuviera tranquila, no era un psicópata asesino, solo un hombre que no puede dejar tirada a una chica en mitad de la noche por esas tierras. Tenía razón, me calmé.

Finalmente llegamos a una aldea cuya densidad demográfica cabía en los dedos de las manos y los pies del portero del equipo de waterpolo. Nos detuvimos en frente a un gran portón y le pregunté por qué nos habíamos parado delante de esa preciosa y enorme Masía.
- Es que es mi casa– respondió.
- ¡Ostras, qué fuerte! – exclamé. Casi rompo a llorar. Qué mala es la desconfianza. Me sentí peor que fatal, si se puede.
- Para que te quedes aún más tranquila, tú vas a dormir en el ala izquierda y yo estaré en el ala derecha.

Me acompañó llevándome la maleta hasta la puerta de mi suite. Cómo podía haber estado tan inundada por el pánico y no ver el tipo de persona que era... Culpable, no hay nada que hacer.
- Descansa, voy a avisar a mi chica de que estás aquí – añadió.
- ¡¿Chica?! – podrías habérmelo dicho antes, me habrías evitado un sin fin de historietas macabras, que soy escritora, se me dispara la imaginación en un plis.

Se rió. A la mañana siguiente me despertó la llamada de la wedding planner, estaba muy alterada, preocupada por mi destino fatal. La tranquilicé y le conté lo ocurrido. Me pidió que invitara al conductor al último día de celebración de la gran boda, la calçotada con romescu, los arroces, la fideuá... Me arreglé y esperé a que mi anfitrión viniera a mi habitación a buscarme. Al poco llamaron a la puerta y abrí. Era su novia. No es lo que parece – le dije nada más verla. Se echó a reír, ya lo sabía. Me había preparado un desayuno maravilloso y me acompañó a la cocina donde me esperaba mi salvador nocturno.

Al llegar a la Masía de la boda con mis anfitriones improvisados, mi amigo, que ya estaba al corriente de todo, se acercó al conductor y le dio un abrazo. Gracias por haber cuidado de mi amiga, le dijo, y les invitó a unirse a la fiesta. Al cabo de un rato todos sabían lo ocurrido. Mi anterior apelativo había sido sustituido por otro. Se me ocurren unos cuantos, pero en este caso, pondré el foco en mis anfitriones solidarios. A veces ocurre que hay gente excepcional en el mundo y yo la encontré en L'Empordà, aquella noche en que pude haber descubierto qué se siente siendo una homeless.

lunes, junio 29, 2015

Presentación de Cero en la Tertulia Arco poético

                                   


                                                    PABLO LUQUE EN 1000 PALABRAS


Hablar del Pablo Luque, con la ventaja de su cercanía, me permite dar una visión privilegiada del poeta en su forma de conjugar vida, pensamiento y obra. Algo que a simple vista pudiera parecer un apartado de manual de literatura estructurada... De su vida no es pertinente hablar, salvo apuntar algo que me resulta significativo: su responsabilidad. La concepción premeditada y responsable de su poesía y su actitud en el mundo que habita, alejado de catarsis, ensimismamientos, egotismos y flagelaciones. Pablo tiene madera de poeta resolutivo, de ahí su continua búsqueda productiva, alienándose de los molestos prejuicios que impiden ver con claridad y avance. Porque él bien sabe que la vida es eso: nacer, crecer, amarse y morir. He aquí el sentido de la vida y de su obra. El resto es la nada.
Pablo Luque, protector de lo humano y la palabra, no sólo reflexiona, cuestiona al mundo y se mide a sí mismo, sino que necesita expresarlo y compartirlo con sus afines literarios. Así funda la revista electrónica de poesía ibioculus.com, cediendo de forma altruista el tiempo que le casi resta del día y le falta al sueño para participar en el entramado poético. Además, aporta materiales de síntesis de voces como la edición de Avanti, antología de 14 poetas de entre siglos XX-XXI, que él considera relevantes, o estudios y comentarios a algunas obras clásicas, que podemos consultar en su web. Lo suyo es pasión y así lo afirma en las numerosas entrevistas que concede a conoceralautor.com, donde se muestra con humildad, serenidad, cercanía y sensibilidad. Algo que muchos hemos podido disfrutar en vivo asistiendo a la Tertulia Esmirna (fundada por él y otros escritores), celebrada mensualmente en el Pub irlandés Joyce, lugar de reunión para escuchar al poeta invitado e intercambiar inquietudes y percepciones poéticas.
Toda su obra precedente conduce a cero, cualquiera de sus títulos multiplicado por cero da igual a cero. Los ojos de tu nombre (Huerga y Fierro, 2004) son la apertura de los párpados, la génesis de la mirada solitaria de un paseante callejero, a pie o en vehículo, que sale a inspeccionar el mundo para regresar a la morada de la que parte (siempre partida, siempre regreso, cíclico, ovalado, hasta el punto cero). SFO (Renacimiento, 2013) implica el contacto con la mirada ajena, la simbiosis, el despertar de la conciencia del ojo y su función de no ser un mero visor. El camino de los ojos se hace más placentero acompañado de otros ojos y otra forma de expresión. Fotografía en SFO, dibujos en Cero.
Y es que Cero es la clave de su simbología. De cero venimos y a cero vamos sería la interpretación de un agnóstico. Sin embargo sé que en Pablo no es así, sino que ese cero toma su valor absoluto en el segmento preciso que le toca vivir para continuar con el flujo poético que va desde la primera emisión versicular hasta nuestros días. Porque en poesía sí se sabe de dónde venimos y hacia dónde vamos. Venimos de San Juan de la Cruz, de Ovidio, del Cantar del Mio cid, del Cantar de los cantares y nos dirigimos a algún momento en la inspiración de un nuevo poeta, o a los ojos de un lector. Así lo marca el Origen de coordenadas de su libro: "Partir de algo para algo". Cero conforma el microcosmos perfecto del poeta, que emulando su carácter renacentista consigue encajar, como dientes de ajo, el universo de un alma creadora plena. Como la flor de ese ajo que muy bien escogió fromthetree para ilustrar la portada y el libro. Flor inquietante y misteriosa, tan redonda como el ciclo vital y tan frágil como la vida, que de un soplido se nos va de las manos. No así sus frutos, ordenándose como las ideas que sirven de aderezo a la simplicidad de la existencia.
Dibujo un cero y veo a Pablo, el poeta. Un cero que es un espejo ovalado de cristales polimorfos que lo reflejan, una mirilla concéntrica a través de la que contempla su entorno con la delicadeza de un relojero; un ojo sin ángulos muertos que privan a la ironía de su misterio; una esfera de agua en la que se completa el mundo, como esas bolas de cristal que contienen un paisaje predilecto que cuando se agita se vuelve melancolía de una infancia nevada; y una boca circular, al fin y al cabo, que dice lo que aún no han anticipado las palabras, pero que intuye la génesis de su belleza. Porque Pablo Luque, al igual que Eliot, no estigmatiza los significantes, al contrario, siente conmiseración por el destino del verbo, y es aquí donde se produce lo fabuloso del manejo del lenguaje, como si la fealdad habitara un estado transitorio, pendiente de ser salvada en el centro de la vida y el poema. Así como si fuera el embrión del primer aliento que tiende hacia la voz. Origen de algo que apunta hacia el todo, porque "En la nada no hay nada" y no hay que hacerle ninguna concesión. Vamos y volvemos de ese todo presente al origen de ese todo, como un boomerang que recorre el aire en espirales y después regresa a la mano que lo lanzó. Y pese a que Pablo Luque, aproximándose al verso de Rosales de Vivir es ver volver, abandona ese punto de partida sin retorno, para afirmar con rotundidad que "Vivir es no volver" cuando se ve "de cara los ojos de la muerte" y cuestiona, nos pregunta si "morir es empezar...¿de cero?... y en el trayecto, ¿en qué nos vamos transformando?" ¿En cero? Nacer, crecer, reproducirse y morir. Y en el centro de todo eso, como dice Jose Hierro, en una de las citas que acompañan al libro, "El corazón, en su pez materno, regresaba al punto cero desde el que desplegar las alas infinitas".
Escuchemos el latido, el aleteo, desde Cero con la voz de quién lo hizo verso.

Presentación en la Tertulia Arco Poético en La Biblioteca de Retiro. Madrid

miércoles, abril 29, 2015

¿Maniobrar o manipular?


Cuestión del subconsciente.... 
Trifulca con el aparca coches de un restaurante Vip que me quería usurpar el sitio. Yo no me dejo quitar un aparcamiento así como así....Salgo toda digna de mi coche y le pido que me deje aparcar.
– Pues no, te has puesto lejos – me dice el chuleta.
– ¿Cómo que no? – le recrimino – si yo estaba primero. No me ha dejado Usted ni "manipular" mi coche.
_ ¿Manipular? ¿has dicho manipular? – me pregunta riéndose...
– Sí, manipular mi coche – le replico mordiéndome los labios.
– Pues se te da fatal ma-ni-pu-lar, te tenías que haber puesto a un lado- (tono jocoso in crescendo...).
– Pero me he puesto al otro lado porque he dejado pasar a dos coches. ¡¡Encima que he sido generosa!! 
– Es que no tienes ni idea de conducir – me responde el cretino.
– Ni Usted de hacer sonetos.
– ¿Y yo para qué necesito saber hacer sonetos? – me pregunta estupefacto.
– Pues para ligar, supongo. ¿Es que Usted no ha ido al cole? 
– Pues lo mismo que tú al autoescuela.
– ¿En qué restaurante trabaja? – pregunto con cara de caníbal.
– En XXXXX – Responde con chulería.
– "Ostras, mínimo 100 euros" – Pienso –.
Pues qué casualidad, es ahí donde voy a comer hoy. Tenga las llaves, le dejo mi coche....

Afortunadamente en ese momento sale un coche cercano y el chuleta me dice:

– Espere, que voy a aparcar primero éste.
– Vale, no se preocupe, ya me lo aparco yo solita.... 

Y aparqué y me fui al restaurante donde había quedado para comer....


Me salió bien la jugada, es lo que tiene saber jugar a las cartas, a veces me funcionan los faroles....

lunes, abril 27, 2015

Con el pan no se juega



A veces ocurre que hay semanas que se me instala el surrealismo, o quizás sea que yo me lo busco, no sé.

Resulta que esta mañana regresaba de la panadería artesanal, donde compro el pan alemán con 16 cereales multivitamínicos, y no he podido resistirme a comerme una rebanada por el camino. Supongo que la cara de placer que se me pone mientras paladeo su esponjosidad da lugar a malas interpretaciones.  O quizás todo radique en que no se debe comer un pan orgásmico mientras se conduce...

La escena que sigue merece la pena ser narrada a cámara lenta... . Qué limitada resulta la técnica descriptiva sobre el papel, los escritores no podemos hacer ralentí a lo Matrix. Si alguien sabe cómo hacerlo en narrativa, que me lo explique, please...

Todos los días paso junto al colegio hebreo, cosa que no está mal porque siempre hay una patrulla de la policía nacional cubriendo el perímetro de mi casa. Nunca me había fijado en los policías, ya que en raras ocasiones salen del coche. Sin embargo, esta mañana uno de ellos estaba fuera, apostado en la acera, como una estatua. Ay, qué imagen, casi le atropello de la impresión. Su porte era tan escultural, magnánimo y poderoso que no he podido evitar brindarle mi rebanada de pan, me ha salido del alma. O eso o que el cóctel de simientes me sienta mal (igual lleva semillas de cannabis). El caso es que no se puede ser tan Adonis y ponerse esas gafas Ray ban de sol sin que haya consecuencias.... Su respuesta ha sido automática, gesto de mano y parada a la derecha.

– Buenos días.
– Buenos días – respondo con la ortodoncia habitada por las semillas de la rebanada de pan alemán multicereales.
– Dígame – me pregunta.
– ¿Yo? – pregunto alucinada – ¿qué quiere que le diga?
– Usted me ha hecho un gesto para preguntarme algo – explica.
– ¿Yo? mire que me extraña, no tengo nada que preguntarle. Bueno, sí, ¿sabe si se puede poner una silla de niño de 6 años en el asiento delantero? – pregunto para salir al paso.
– No, no se puede, tiene que ponerla en la parte trasera. ¿Algo más? – inquiere.
– Pues no, nada. Y, usted, ¿algo más? – pregunto.
– Nada. ¿Todo en orden? – insiste.

Obviamente no podía responderle a esa pregunta.... ¿Todo en orden? Pues no, ¿quién tiene hoy en día todo en orden? Vaya pregunta, deberían reciclarse. El orden es un concepto obsoleto, ya nada guarda un mínimo orden. Bueno sí, él sí tiene que seguir un orden, más bien una orden. Podríamos haber filosofado sobre estas cuestiones, pero claro, no era el caso, esto lo hago con algunas personas como mi albañil, el encargado de la papelería, el jardinero, pero, ¿con un policía?, con lo que me imponen...

– Todo en orden y a la orden – respondo, poniéndome la mano en la sien, a lo militar, y un segundo después aprieto los dientes tanto que casi se me saltan los brackets. Patética, soy patética cuando me pongo nerviosa. Por dios que no se quite las gafas que me da un mareo.

Y se las quitó.

– Lléveme a urgencias – casi le digo – o prepárese para un servicio de reanimación. No se puede ser más espectacular. Vaya ojos verdes. Como le vea Anita Obregón, que vive por la zona, le lanza a la pasarela. No puedo competir con ella.....

– Ya puede continuar – me informa.
– Gracias, agente, es usted un amor – maldito subconsciente – quiero decir, muy amable. Es que yo hablo así, ya sabe, las pijas tenemos siempre esa muletilla para todo, eres un amor, un cielo, adorable, etc... (pausa roja ruborosísima) y se nos escapa....es por costumbre. Ay, Dios, bueno me voy ya, que al final me va a detener por imprudencia verbal....

Y sorprendentemente el agente suelta una carcajada tan sonora como mi motor al pisar el acelerador. El muy cretino seguro que se aburre de estar vigilando el colegio hebreo mientras ve pasar constantemente a barbitúricas montadas en sus Porsches Cayenne, y ha debido de pensar que un poco de distracción no le viene mal a nadie.

Y yo no vuelvo a comer pan mientras conduzco, antes me muerdo las uñas. Aunque igual me para de nuevo por gestualidad sospechosa. Una no sabe nunca cómo actuar ante los representantes de la ley....

jueves, abril 23, 2015

Microteatro en el aparcamiento


Que la vida es puro teatro ya se sabe, y que hay entremeses que suceden en cualquier sitio, a cualquier hora lo he comprobado yo esta mañana.

Resulta que estaba dentro de mi coche en un aparcamiento contestando a un mensaje cuando de pronto aparecen los ocupantes del vehículo de al lado y se quedan conversando entre mi coche y el suyo. Desde mi posición sólo podía verles decapitados. Ambos hombres llevaban traje de chaqueta y cosas en la mano. Al principio no les presté atención, hasta que unos minutos más tarde escucho:

– Mira, escúchame, tienes que romperle primero la cabeza por el cuello.

Ay, madre – pensé yo – están perpretando un asesinato. Y yo qué hago ahora, si me ven, me liquidan a mí también.

– Sí, así, ahora te echas el líquido en las manos, así como hago yo – prosiguió.

Uf – a salvo de morir en manos de dos mercenarios. Incliné mi cabeza un poco y miré qué estaban haciendo. ¡Los dos señores cuarenteañeros portaban unas ampollas de belleza instantánea en las manos! Comencé a reírme, tapándome la boca para no ser descubierta.

– Sí, tío, restrégatelo por toda la cara, los ojos también, verás cómo parece que has descansado toda la noche. Como si hubieras dormido en casa. 

– Ya veo, tío, lo sabes todo de las mujeres, joer, anda que no saben ellas, lo tienen todo controlado.

– Ya te digo, tienen truco para todo y no me extraña, algunas cuando se quitan todo la pintura de la cara son irreconocibles. Te acuestas con una por la noche y como te confíes y se quede a dormir, te levantas con otra que da susto. 

– Ya te digo. Oye, pero este invento funciona también con los hombres, ¿no? a ver si la vamos a cagar...

Naturalmente no tenían ni idea de cómo se aplican las ampollas, estuve a punto de salir para darles hacerles una demostración. Qué torpeza, parecían gatos quitándose moscas de la cara.

– ¿Por el pelo también? – contesta el otro – igual me crece.

– Sí, y por el rabo también, cabrón – le responde riéndose.

– Mi rabo no lo necesita tío, voy sobrado.

– Sí, de eso vamos sobrados –. Se ríe.

Yo tenía que salir del coche de alguna manera o bajar las ventanillas, el sol me estaba asando. Parecía que estaba dentro del horno lista para ser engullida por dos lobos. Y salí sin poder evitar las risas. Al verme, se quedaron paralizados primero para después contagiarse de mis risas.

– Pues sí que son efectivas, estáis más jóvenes que hace cinco minutos – les dije cerrando a toda prisa mi coche.

– ¿Quieres una? – me dicen aún muertos de risa.

– No, gracias, yo no la necesito – miento ocultando los estragos de mi imsomnio tras unas gafas de sol.

– Ya veo que no la necesitas – me dice el dealer de la ampolla multivitamínica.

– Uy, qué prisa tengo, me voy pitando. Encantada. Adiós.

– Pero, espera, no te vayas, mira qué jóvenes estamos.

Por dios, cómo se me ocurre a mí decirles algo. ¡¡Si es que a veces me meto sola en la boca del lobo!! – iba pensando mientras atravesaba el aparcamiento corriendo como el conejo de Alicia hasta que llegué a Correos.


domingo, marzo 08, 2015

Los hombres que aman a las mujeres





A mí como me habría gustado pasar el día de la mujer es con un hombre.

Podría poner aquí un compendio infinito de mujeres con sobrado talento que fueron eclipsadas y alejadas de sus verdaderas vocaciones. Podría enumerar una lista interminable de luchadoras infatigables, feministas que se hicieron sangre y cuya reivindicación ha hecho que yo pueda decir lo que me dé la gana y elegir, en la medida de mis posibilidades, cómo quiero vivir mi vida. Sin embargo, hoy me habría gustado pasar el día de la mujer con un hombre, el hombre que me falta, y sin el cual, yo no habría sido sino silencio en una jaula de cristal empañado por la niebla de los bosques "umbros".

Solíamos pasar las horas hablando de la mujer y el amor. Eran nuestros temas favoritos. Le gustaba escudriñar mi pensamiento, sorberlo y paladearlo, para después destilarlo y hacer su propio brebaje iluminador. Nadie sabía más de mí que él. Descubría fragmentos que ni yo misma conocía, los rescataba con la paciencia de un constructor de puzzles y me los mostraba orgulloso de su hallazgo. Ningún hombre se ha preocupado tanto por conocerme, ninguno supo traspasar el holograma que me representa para entrar en un yo que de tanto protegerlo se me estaba olvidando. Sin juzgarme, sin querer cambiarme, orgulloso de lo que era con él y con el mundo. Me quería por mis defectos y mis torpezas, sin fingimientos ni imposiciones. "Yo no quiero amigos perfectos – solía decir – desconfío de los que nunca me fallan. Yo quiero amigos que se equivoquen, que metan la pata como humanos". Tenía algo de mujer en su visión del mundo, él mismo lo reconocía. Le fascinaba ser parte de nuestro pequeño universo femenino, meterse en nuestras conversaciones más inconfesables, aquéllas que desaparecen con la última carcajada en un pacto de autodestrucción de lo dicho y de aquí que no salga.

Yo escribo poesía fundamentalmente por él. Él me habló de Pizarnik, Storni, Delmira Agustini, Ocampo, y un largo etcétera de escritoras de cabecera para él. Me hizo leerlo todo. Me regalaba libros y películas, me llevaba los suplementos culturales de los periódicos a casa para que estuviera al día, me organizaba la agenda de teatro, cine y conciertos, pero sobre todo me incitaba a escribir. Él fue quien rompió a martillazos el cristal de la jaula. Me pidió, casi con súplica, que no arruinara mi vida para ser una bella escultura en la vitrina de un castillo en las hermosas tierras de Italia.

Cada día de su vida era un homenaje a la mujer. Amaba estar rodeado de sus amigas, sólo él entre nosotras, solo él enmarañándose entre sus chicas. Cada una tan especial como todas. Ahora todas sin él. Se marchó dejándome sola en un vuelo sin motor, planeando en la brisa de su memoria. Echo de menos su voz, su carcajada limpia y contagiosa, su mirada verdosa de bosque iluminado y esa especial habilidad para hacerme sentir lo importante. El anecdotario de mi vida se ha quedado sin oídos. Todo ahora es confesión en el silencio frente a su retrato. De vez en cuando le pongo flores, enciendo una candela y le hablo. No me responde pero se me aparece en sueños y baila conmigo un tango, y me recuerda lo mal que sigo bailando y le doy un taconazo y él dice "ay" riéndose de la fierecilla que no puede estar callada ni en el letargo.

Hoy me habría gustado pasar el día de la mujer con este hombre, pero me voy al teatro con algunas de mis mujeres favoritas, las amigas que él tanto amó. Las retablillas sin el príncipe vamos a ver a Robert Lepage "Needles and opium", el dramaturgo que siempre nos ha hecho volar de gozo. Esta tarde me faltará su pierna posándose en mi rodilla para el rutinario masaje en los gemelos. "Me tienes esclavizada con tu extraña afición por el masaje gemelar" – le decía cada vez que nos sentábamos en la butaca del patio. Y él se reía remangándose el pantalón. "Mira que eres quejica, te lo cambio por un masaje de manos" – añadía. Hecho.

Porque a veces es necesario recordar a los que, sin pretenderlo, siguiendo solo su convicción de igualdad de género, apoyan en el día a día y en lo cotidiano, nuestra lucha por defender el derecho de la mujer a exigir su inclusión en la historia. Él era una de tantas personas con conciencia de mérito femenino que no aparecen en ningún libro ni ningún folleto reivindicativo. Sin embargo, basta la hazaña de un solo hombre para hacerse gloria. Yo tuve la suerte de su amistad y apoyo. Me queda el legado de su visión de vida y un acervo infinito de razones por las que seguir siendo yo.








jueves, febrero 05, 2015

Las medallas apuntan al Sur, ¿será una cuestión de gravedad?



El lunes me fui a la entrega de medallas del CEC (Círculo de Escritores Cinematográficos) que cumplía 70 años. Qué valor, seguir cumpliendo años en estos tiempos. Dan ganas de darles a ellos una medalla a la perseverancia.
Me acompañó Pez Joe, que está estudiando para actor (otro que se merece una medalla al valor) y seguro que en el próximo casting le descubrirán no sólo porque es más guapo que Jesús Castro, sino porque él lo vale y yo se lo deseo que para eso es mi amigo y en este texto mando yo.
"La isla mínima" se llevó casi todas las medallas, nada menos que 8. Ya nos podemos imaginar qué ocurrirá el sábado en los Goya.... va a arrasar. Lo curioso fue que casi todas las condecoraciones las recogió el mismo personaje, ya que sólo fueron los actores y alguno más. El emisario que recogía los trofeos iba leyendo los mensajes que le enviaron los premiados "en caso de que fueran premiados"..... Pues qué bien, qué detalle.
Me llama la atención el giro que ha dado la temática en el cine español. Hemos pasado de la Guerra Civil española a sacar los trapos sucios de nuestro Sur. El tráfico de droga en El Niño, los caciques terratenientes depravados que son encubiertos por el pueblo y la ley..... Madre mía, hemos encontrado un filón internacional para que en EEUU sigan pensando que España está en Sudamérica y forma parte del Cártel de Medellín.
Y yendo a lo frívolo, que yo no soy crítica de cine, ni me apetece ponerme seria.... Digo yo, pero ¿es que no hay más actores que Jesús Castro que aparece en dos pelis nominadas? Vamos que para hacer su papel en El Niño no era necesario ser tan guapo, sí en La isla mínima, of course. De todas formas, sus ojos me tienen hechizada. No se puede ser más irresistible. No fue a la entrega de medallas, igual sabía que no le darían ninguna o quizás no exista y sea una animación perfectísima del actor que está volviendo loca a más de una. Yo estoy a punto de ponerle en el salva pantallas de mi iphone.
Y lo mejor de la noche, la medalla de honor a Arturo Fernández. Un bellezón a los 85 años. Para desmayarse con su presencia, elegancia y saber decir.
El broche lo puso la proyección de una película que me mató de la risa "Nuestro último verano en Escocia" de Guy Jenkin. Ingeniosa, sublime en interpretación, adorable, tierna, divertidísima y un pelín triste, pero solo un pelín....lo justo para redondear la historia.
Una velada maravillosa. El cine me hace feliz.





lunes, enero 19, 2015

Callos con Turner




El otro día mi amigo Pez Raya me propuso ir al cine a ver la película de Turner. Él bien conoce mi fascinación por el pintor inglés, pero antes fuimos a comer por el barrio. El pobre lo tiene mal para elegir restaurante conmigo, no porque sea una melindrisquis, sino porque la lista de mis alergias lo ponen siempre muy difícil. Preguntarme qué me apetece comer no es lo más acertado, sino, qué es lo que puedo comer sin tener que ir a urgencias a que me den un chute de adrenalina. Hasta en eso soy decimonónica, un alarde de fragilidad femenina a lo Lizzie Siddal, pese a que soy una súper woman, que una cosa no tiene que ver con la otra...
Cuando una es alérgica o intolerante a la lactosa, proteína vegetal, fruta, tiene anisakis y no le gusta el conejo, la opción se reduce a la cocina tradicional de cuchara. Vamos, que la elección es una casa de comidas con abolengo y sabor. Casa Ricardo, para que nos entendamos. Esos sitios con las paredes recubiertas de tradiciones taurinas donde la carta es la de toda la vida, sin pretensiones pero absolutamente apetecible. Claro que mis ojos, entre vísceras y puchero, se fueron a los callos, que para eso es invierno y somos de Madrid. Pero, ¿unos callos antes de ir a ver la película de Turner? Pues sí, la siesta estaba garantizada...
Pez Raya que sabe muchas cosas, porque lee y escribe ensayos, me contó que una de las fotos se refería al día en que un toro se escapó por las calles de Madrid y un torero que pasaba por allí lo quitó de en medio, que quiere decir, que se lo cargó. Estas cosas ya no pasan ahora – pensé y seguí comiendo mis deliciosos callos, unas alcachofas de lujo y un bacalao que podría haber sido el detonante para llamar a una ambulancia. No me ocurrió nada, creo que me salvaron los piononos del postre o las filloas. O, ¿será que no tengo anisakis? Esta semana me repito las pruebas.
Nos pasamos con la comida, como se puede intuir. Aún así, nos fuimos a ver la de Turner. Pez Raya duró 5 minutos despierto, pero se despetó justo en el momento en que una prostituta se levantaba las faldas enseñándole al pintor su hermoso trasero desnudo. Así que su dormir es selectivo, cae en las partes aburridas y se espabila en la interesantes.... Lo tendré en cuenta.
Yo, sin embargo, permanecí despierta toda la película, a la espera de las imágenes con esos atardeceres espectaculares que nunca llegaban. Un par de escenas maravillosas e inspiradoras, pero casi todo es interior, reflejando su vida de hombre extraño e introvertido. Todo un personaje que, menos mal que una no es rencorosa con los artistas y no tiene en cuenta sus vidas privadas que si no, al arte le iban a dar dos duros porque la biografía de la mayoría es como para darles de comer a parte. El caso es que al final el tipo me cayó mejor, cuando se murió, porque me dio penita su mujer que ya se quedaba viuda por tercera vez. Menudo sino el suyo, seguro que al final acabaría con el médico del pueblo. Además, Turner donó a la nación británica toda su obra para que pudiera estar expuesta al público. Vale....fue muy generoso.
En fin que voy al cine a deleitarme y acabo sumergida en la vida privada de un personaje que admiro. Me siento algo voyeur, metiéndome en su alcoba y haciendo de juez de sus desvíos y desvaríos. No sé si me gusta este tipo de adaptaciones tan íntimas.... Me pongo en el lugar de Turner y pienso: y de mí, ¿qué contarían? Pues tienen temas para hacer una saga....soy un filón...
De todos modos, la peli, pese a este pequeño matiz, me gustó.

miércoles, enero 14, 2015

Erótica para chinos







Mamá vaca no viene a mis recitales porque dice que la poesía es muy triste y a ella le gusta mucho reírse. Hija, ¿cuándo te va a dar por lo cómico?" – me suele preguntar. "Pues no sé, es que eso no es muy serio, mamá" – le suelo responder. Además, se queja de que me invento las palabras y no se entera de nada. Qué graciosa, como si ella no se inventara el idioma con sus modismos castizos adaptados.

Algo parecido debió de ocurrirles a los oyentes de la conferencia que dimos Pececilla y yo el otro día en una Universidad. Nuestra querida Pez Ale, la coordinadora, nos había invitado como muestra de la poesía femenina actual. Pececilla y yo llevábamos ya varios años sin compartir elocuencias y nos hizo mucha ilusión. Sin embargo, nuestra sorpresa fue que al entrar en la clase nos encontramos con que los alumnos ¡¡¡eran chinos!!! Por Dios, si no me entiende ni mi madre, ¿cómo lo van a hacer los chinos?

Pues nada, que Ni hao y a agarrar a la cabra por los cuernos que para eso estamos en su año chino.

Pez Ale se había preparado una clase magistral sobre los designios de la poesía desde la posguerra. Pececilla y yo la mirábamos absortas yendo de las miradas impasibles de oriente a su excelente dialéctica occidental. Sin embargo, he de confesar que si Mamá vaca hubiera estado allí habría entendido que "Dios las crea y ellas se juntan". Vaya trío de marcianas.

Los estudiantes eran muy aplicados, frente a ellos sus tablets, aparatos de generación plus ultra y sus traductores. No se les movía una pestaña, ni un gesto y parecían prestar atención. Igual estaban meditando, qué sé yo.

El caso es que llegó nuestro turno. Pececilla leía poemas inéditos, cosa que me puso en situación para medir mi capacidad de entender el tipo de poesía metafórica que hacemos, mientras yo testaba el grado de concentración de los oyentes perplejos. Imagino que les ocurría algo similar a lo que le pasa a mis amigos no literatos cuando asisten a mis recitales."No me entero de mucho, pero me encanta cómo mezclas las palabras y cómo las dices". Vale, aceptamos mi poética como hermoso lugar de ensoñación...

Y si Pececilla emplea un lenguaje elaborado, con imágenes precisas, no digamos yo, la vaca que habla, cuando digo que Astarté sobornaba a sus amantes con el brillo de un orgasmo de platino, o me refiero al erógeno polimatías, o que dormí con el flujo de Platón entre mis manos, o que cayó el pene del autómata, o los clavos de Cristo en el pubis de las esposas rotas o su lengua en el frugal tributo de las vírgenes ensangrentadas de mi poemario La prisión delicada o incluso, venció el galán de alcantarilla con el alfa de su esperma,  o se aferran a mis labios con la devoción de un relicario y me salpican su furor de esperma, o los que empuñan la espada y el falo no lo soportan, o el reclamo surmergíos en este manantial indecoroso de Nocturno insecto. Todo un show al puro estilo Noche en la tierra, donde Begnini, un taxita nocturno por las calles de Roma, provoca el infarto de un vescovo, confesándole sus pericias zoofílicas.

Las tres mosqueteras salimos de clase con la sensación de habernos dado el recital a nosotras mismas. Comentamos que es cierto que una se relaja cuando cree que el otro no le entiende. Podíamos meter la pata, decir lo que nos diera gana sin que la sala se llenara de miradas inquisidoras. Sin embargo... hay algo que me inquieta....¿en qué punto tecnológico estarían sus cacharros cibernéticos? y ¿si nuestra voz era traducida simultáneamente en la pantalla de esos aparatejos? ¿Cómo se dirá "erógeno polimatías" en chino?

Desde entonces no paro de reflexionar sobre los misterios de la traducción, que es un tema que me interesa mucho últimamente..... Y, ¿si les da por consultar mi blog de Cuentos chinos, donde tengo el morro de traducir mis poemas al chino? Con un poco de suerte quizás no logren entenderme y si lo hacen, que lo disfruten....





martes, enero 13, 2015

La poeta y el albañil

                     

Ahora resulta que ser poeta va a ser incluso beneficioso para la vida cotidiana. Muchos recordaremos cómo Oliverio vendía poemas de amor para ganarse algún bife de chorizo en El lado oscuro del corazón de Subiela. Seguramente alguna vez nos hayan dejado un papelillo en la mesa junto a nuestra caña bien tirada con un poema de amor a cuenta de nuestra buena voluntad. Pero lo que pocos pueden contar es lo que me ha ocurrido a mí.

Mi casa siempre ha estado en obras, entre unas cosas y otras he vivido en continua construcción (también en el sentido metafórico) y mi relación con los artistas de última generación no ha sido siempre muy fluida, me ha pasado de todo con ellos y pocas cosas buenas. Sin embargo... no se puede generalizar. A veces ocurren los milagros y todo va sobre rodillo.

Un buen día aparece mi nuevo jefe de obra, un hombre con pinta de dedicarse a otra cosa. Entra, me saluda muy educadamente y se queda ensimismado mirando mi librería. Le acompañan dos trabajadores rumanos algo tímidos que enseguida se ponen a trabajar. Mi nuevo fichaje comienza a hacer elogios de mi librería y descubre que en uno de los libros está mi cara.

– Mi primer libro - le digo algo sonrojada.
– ¡Anda! ¿es usted escritora? Yo también escribo - me dice con una sonrisa de banana perfecta.
– ¡Anda, qué curioso! – respondo por responder.
– Sí, escribo las letras de mis canciones y también novela.
– Pues sí que es curioso sí.

La conversación se alarga, los albañiles a lo suyo y llega la hora de comer. Le invito a acompañarme al jardín y almorzar conmigo. Él accede y allí nos quedamos hasta que los albañiles acaban y comienzan a recoger.

Es entonces cuando se inicia el trueque. Banco de tiempo lo llaman. El caso es que decidimos hacer un intercambio de mano de obra, nunca mejor dicho. Yo le corrijo su novela y él a cambio me arregla la lista de cosas estropeadas que aún tengo pendientes de arreglar. No sé quién sale perdiendo en el cambio..... pero, para que luego digan que la poesía no es productiva.....



martes, enero 25, 2011

Beatriz Russo en la revista Madrid Entre Líneas

Queridos amigos,
os presento la revista cultural Madrid Entre Líneas sobre cocidos culturales en Madrid, donde me han sacado una crónica del recital que di en el Bar La Huelga, el pasado mes de diciembre.

Espero que lo disfrutéis y conozcáis esta revista.

http://www.madridentrelineas.com/?p=295

Abrazos

Poemas de Beatriz Russo en la revista Caleidoscopio

Queridos amigos,
os presento la revista Calidoscopio, donde han sacado una muestra de algunos poemas de mis libros: La prisión delicada, Universos paralelos y Aprendizaje.

Espero que disfrutéis de la revista (muy interesante) y de mis poemas.


http://www.calidoscopio.net/2010/08_Diciembre/Index.html

lunes, diciembre 20, 2010

Recital para acabar el año




Queridos amigos,
sé que es el día de la superloto navideña y algunos estaréis ya rumbo a El Caribe, pero para los que no habéis tenido premio y no tengáis otro plan, os invito a mi recital de poesía en le Bar La huelga, C/ Zurita, 39 en Lavapiés. En esta ocasión no será solo un recital, sino un diálogo con mi obra a través de la clara influencia de los prerrafaelitas. Si os pasáis, será maravilloso veros y charlar un poco. Si no, aprovecho apra desearos Felices Fiestas y Mejor entrada en el próximo año. Un abrazo. B.R.

miércoles, julio 21, 2010

La promesa de Mamá Vaca


Pues menuda moda han sacado de raparse la cabeza si gana la selección. Yo prefiero la promesa de hacer El camino de Santiago, aunque sin especificar el modo, que conociéndome, no iba a ser "a pie".
Resulta que para forofa, Mamá Vaca; la abuela candelillas, que no lo parecía, pero que, al final, resultó la más comprometida. Al principio no mostró gran interés por el partido, pero una vez agotado el tiempo reglamentario, comenzó a impacientarse yendo y viniendo del salón a la cocina. Papá Toro, el abuelo babas caídas, estaba tan atento al partido que sólo se daba cuenta de una sombra borrosa que iba y venía.

- ¿A dónde irá esta mujer? – se preguntaba Papá Toro mientras veía cómo un gladiator le daba un patadón al hermoso Xabi Alonso, conmocionando al mundo entero.

Al rato se le olvidaba y Mamá Vaca seguía de acá para allá nerviosísima.

Mientras, mi calamarcito de casi un año miraba ensimismado la pantalla de la tele. Le encanta el fútbol, aunque no estoy segura de qué equipo es. El pobre tiene un lío entre el Atleti de su abuelo y el tío Óscar y el Madrí de su familia paterna. Yo, de momento no digo nada, aunque no puedo evitar estar donde esté Iker…

Pues siguiendo con la historia, mientras ocurría todo esto, la Vaca que escribe estaba con Gaviota, que ya es hispano-anglo-italo-germano-colombiana, en un Bar de copas donde habían instalado unas pantallas. Las dos estábamos ya integradas con la afición salvo en que éramos las únicas que no llevábamos ningún distintivo roji-amarillo, por aquello que son dos colores que combinan mal (ahora me arrepiento, me dio envidia ver a la afición uniformada). Eso sí, íbamos monísimas, pero desentonadas, así es que nos dio por gritar más que nadie para demostrar que los colores también se llevan dentro, en este caso, en la voz roja de garganta irritada (de gritar), y amarilla de ira contra los holandeses.

España ganó como nunca y ocurrió que se cumplieron varias promesas. Yo no hice ninguna, quizás porque estaba más segura que el Pulpo de que iba a ganar España. Lo que no sabía es que Mamá Vaca había hecho una promesa a sus santos, de ahí ese ir y venir, ya que es en la cocina donde suele poner su santuario de candelillas. Sin embargo su promesa de victoria no consistía en hacer el camino de Santiago, ni en tirarse en paracaídas, ni en hacer puenting. Ni siquiera en raparse la cabeza, no. ¿Para qué iba a hacer una promesa así teniendo a mi calamarcito inocente con ella? Para eso estaba él, que no importa cómo le quede el pelo.

Cuando Gaviota y la Vaca que escribe nos despertamos por la mañana nos encontramos con un niño con cabeza de Pulpo cocido; el pobre calamarcito tenía la cabeza hecha un cromo, llena de trasquilones, parecía un niño de la guerra huérfano.

A todo esto, la abuela candelillas no dudó en justificar su mala mano peluquera.

– Hombre hija, no pensabas que iba a raparle la cabeza con cuchilla…. – me dice tan fresca, como si nada.

Mientras tanto Papá Toro se despertaba tocándose la cabeza y suspirando, comprobando que su pelo estaba intacto.

– Yo no me fío de las promesas de tu madre ­– me dice desde la otra punta de la casa. A ver si mi cabellera va a estar incluida.

– Que no, cobardica, que tú no estabas en mi promesa a San (no me acuerdo), aunque te tendría que haber metido, que tienes una mata de pelo que pareces una nena. Vamos, que te salen coletitas y todo.

– No, si lo tuyo es de juzgado de Guardia. Si gana la Selección, tú le rapas la cabeza al niño. Pues no sé qué promesa es ésa – responde Papá Toro indignado – pues voy yo a hacer una promesa de ésas, verás cómo te pones gorro todo el invierno.

– Pues no sé a cuento de qué vas a hacer tú una promesa si no hay Elecciones y el Mundial ya se ha acabado. Además, a ti los Santos no te hacen caso, no ves que no les pones nunca perejil ni candelillas – replica Mamá Vaca.

– Pues tú vete preparando unos cuantos gorritos para el invierno, que ya verás, ya verás – insiste Papá Toro.

– Pues espero que me digas por quién hay que pedir para hacer promesas a mis santos para que ganen los otros, blablabla... (ya no paró)

Mientras, yo me anticipé y pedí un deseo para mi bolita lampiña a uno de los santitos que aún tenía la vela encendida (debe de ser el jefazo, tenía la vela más gorda) y después pensé – ojalá sea futbolista, y de los buenos, y pueda verlo en El Mundial 2034 ó 2042 ó 2046 (como la peli de Wong Kar-Wai, que recomiendo entusiasmadamente). Entonces prometo afeitarme los cuatro pelos que me queden ...., o si estoy estupenda, afeitarle la cabeza a mi nieto, siguiendo la tradición materna. Ya se verá.

martes, julio 20, 2010

Recital en San Miguel de Escalada (León)


Beatriz Russo
Cargado por Escalada. - Videos de arte y animación.

Queridos amigos,
quiero compartir con vosotros este vídeo de uno de mis recitales, en San Miguel de Escalada, muy querido por mí.

Espero que lo disfrutéis.

Un abrazo.
B.R.

miércoles, mayo 19, 2010

Madrid: una ciudad, muchas voces


Queridos amigos,
este año se celebra el II Ciclo de Poesía Iberoamericana en Madrid.
Nos encantaría que pudiérais acompañarnos.

Un abrazo.

B.R.

sábado, marzo 13, 2010

miércoles, febrero 17, 2010

PRESENTACIÓN DE MI NUEVO POEMARIO APRENDIZAJE


Queridos amigos,
quiero compartir con vosotros la felicidad que me produce la publicación de mi nuevo libro de poesía, Aprendizaje (Polibea, 2010) e invitaros a la presentación en el Ateneo de Madrid, Calle Prado, 21, el viernes 26 de febrero a las 22.30 dentro del ciclo de poesía La cacharrería, coordinado por Miguel Losada. El libro será presentado por el poeta Pablo Luque Pinilla, prologuista del libro. Tengo también el placer de compartir con la poeta María Antonia Ortega y su prologuista, presentador y director de la colección, Juan José Martín Ramos, la presentación de su nuevo libro, El pincel fino/ A dreaming woman.

Me encantaría que nos acompañárais.

Un abrazo.

B.R.

miércoles, febrero 03, 2010

3er número de la Revista digital de poesía IBI OCULUS

Queridos amigos,
ya está subido el 3er número de la Revista Digital de Poesía Ibi Oculus. Es un número muy especial para mí (lo veréis si pincháis en la sección Plaza Pública).
Espero que disfrutéis de todo el contenido, está muy documentado (ya se encarga el director, Pablo Luque, de que sea así).
También os resultará interesante a los que queréis conocer las recomendaciones de los libros de poesía publicados en el último semestre. Son excepcionales.
Merece la pena que recorráis todas las secciones y descubrir la variedad de su contenido.
También quiero destacar la muestra de los cuadros del pintor Enrique Cruz-Calonge que ilustran cada una de las secciones.

Un abrazo.

B.R.

miércoles, noviembre 04, 2009

Recital A-Puesta en blanco


Queridos amigos,
os invito al recital de poesía A-Puesta en blanco, donde recitaremos 5 poetas.
Para más información, pinchad en la imagen.

Espero que lo disfrutéis.

Beatriz Russo

lunes, septiembre 07, 2009

Revista de poesía IBI OCULUS


Queridos amigos,
os recomiendo la revista de poesía Ibi Oculus en la que tengo el placer de colaborar.

Espero que la disfrutéis.

B.R.

martes, agosto 04, 2009

SÍLVIA COMES EN EL FESTIVAL DE PERALADA


SÍLVIA COMES
"On"

4 de agosto a las 19.30 en la Iglesia del Castell de Peralada.


Programa:

Dias d de Silvia COMES
Calle de Silvia COMES
Radiografía de Sílvia COMES
15-17 de Sílvia COMES
Amor particular de Lluís LLACH
Tango de noche de Immaculada MENJÍBAR / Sílvia COMES
Y hacia donde de Beatriz RUSSO / Sílvia COMES
Con patas de elefante de Sílvia COMES
Hablo de amor, por esta vez de Sílvia COMES
Parto en dos tiempos de Sílvia COMES


Yo me lo pierdo esta vez, Sílvina mía divina, con toda mi penita.

Te deseo mucha de ésa que da suerte.

Te pensaré.

B.R.




lunes, agosto 03, 2009

ENTREVISTA A JUAN CARLOS MESTRE


Queridos amigos, aquí os dejo la impresionante y fascinante entrevista al poeta Juan Carlos Mestre. Es de desmayo ... . Me deja sin habla. Él siempre me deja muda.

Disfrutadla.


Entrevista a Juan Carlos Mestre

Ámbito Cultural, espacio de cultura de El Corte Inglés


MARTA AGUDO


M.A. Antes de comenzar, tengo que darte la enhorabuena por tu magnífico libro de poemas La casa roja. ¿Nos puedes resumir su gestación, eras consciente de que llevabas tiempo sin publicar y de algún modo eso te ha condicionado, para bien o para mal, en su escritura?


J.C.M. Quiero expresar mi gratitud por tu generosidad. Una vez dicho esto, no me veo en la jaula del tiempo, estoy más cerca de la inexistencia y la nada que de los relojes de la sociología de la escritura. A veces creo que escribo desde la nostalgia de lo que no tendrá futuro, otras desde el porvenir de la única certeza del pasado. Entre las toneladas de pensamiento de cuanto uno ha leído, aparece la fugacidad de un diálogo, uno se inserta en él, más como una voz sin boca que como un protagonista singularizado en la escena. No hay guión, no hay preceptiva, tampoco mapa que lo conduzca a uno hacia la isla de los tesoros inexistentes. Vigilancia ante el vacío, tenues balizas para orientar al náufrago de la razón. Eso es todo, dudar y no saber, dejarse conducir habiendo renunciado antes a todo ejercicio que suponga algún grado de autoridad estética, esa plaga que lleva siglos descendiendo sobre los museos de la lírica. Un libro de poemas se hace solo, se construye desde la minoría que hay en uno contra la voluntad mayoritaria de las intenciones aprendidas, contra las obediencias de la literatura.


M.A. En él se combina tu tono épico y surrealista más habitual con uno nuevo basado en la indagación de lo coloquial, en la ironía con la realidad circundante. ¿Cómo llegas a escribir poemas como “Sobras completas”, “Cibercafé”, “Mcsonet” o “Instructivo para llamar al teléfono móvil de la eternidad”? ¿Te ha costado mucho dar este giro hacia una poesía más próxima a la de Jorge Riechmann?


J.C.M. ¿Tono surrealista? ¿Qué es el surrealismo sino un invento de los inquisidores de la imaginación? Existió, existe, existirá otra manera de estar en el mundo, de entender el hecho poético fuera de los modelos canónicos de los discursos de poder, un salirse del surco de lo previsible, una voluntad de herejía frente al dogmatismo de la obligatoriedad. Si por surrealismo entendemos la denuncia de la gran estafa de los textos jurídicos que determinan la legitimidad de todo acto libre de pensamiento, bienvenido sea el tono de lo incomunicable. Creo poco, pero sin duda más en la acción de la conciencia que en las formulaciones de su estilística. La poesía es conflicto entre los lenguajes de la delicadeza humana y la crueldad vergonzosa de la publicidad. No es quien escribe el que llega a alterar la lógica de los supuestos, sino el texto en el que revela las zonas de la contrariedad, las semejanzas ocultas entre lo real desconocido y las figuras de la razón evidente. No se escribe, se es escrito por la voluntad contraria de lo que tantas veces se pretende significar, la ironía de lo paradójico, la insumisión de la poesía ante los hábitos de la costumbre. Mira, yo no me atrevo con casi nada, pero casi todo se atreve a acercarse a mí y hacerme trizas la cabeza. Vivo esa experiencia, no la relato líricamente, y lo que queda, si algo sobrevive a la aventura de ese enigma, son las “sobras completas” de la imaginación, lo que le queda como salario del sueño al mendigo, a la prostituta o al poeta. A mí la inteligencia de mi amigo Jorge Riechmann no me ha dado nunca miedo, sino placer. Reservo mi miedo para la hipótesis de la resurrección.


M.A. Decía lo anterior porque en varios poemas, por ejemplo en “Sucede”, escribes “a tu manera” pero luego acabas con el registro coloquial. ¿Puede leerse como un sentimiento de derrota expresado en declaraciones como “escribir me quita el poco entusiasmo que me queda por lo concreto”?


J.C.M. Uno sale al poema sin saber qué va a encontrarse, qué abismo le va a tender los brazos a la esperanza, siempre crítica, de lo nocturno. La gente habla, pero nadie habla igual que otro, énfasis, monosílabos, solemnidades, parquedad… Un libro de poemas pudiera ser una caja de herramientas al servicio de la conciencia de otro, un “otro” en el que el poeta, ese ser carente por completo de identidad, como pensaba John Keats, es tantos como sea posible ser en el instante de la identificación, silencioso en la piedra, sufriente con la víctima o momentáneo en la duración. Toda forma poética implica algún grado de arrepentimiento por no saber hablar con lo invisible en el instante de lo preciso, cabría la mudez, pero también hay espacio para los lenguajes de la persuasión, para el goce de los juegos con las otras tabas mortales del pensamiento, que cifra en la escritura cierta ilusión civilizadora frente a la barbarie. De ahí posiblemente el poco entusiasmo a que te refieres. Poco puede hacer, si no continuar resistiendo, las cinco vocales del alfabeto contra la prosodia de los altavoces de guerra, contra la nueva esclavitud del consumo y los violentos arquetipos de la globalización de todos los disfraces de la violencia ideológica.


M.A. Al hilo de lo que comentas, el lector se encuentra en La casa roja con un libro que rebosa una poética crítica social, tanto al capitalismo (los burgueses, la erradicación de la poesía como forma de vida, etc.) como a las grandes utopías fracasadas (especialmente el comunismo). En unos peldaños más abajo también haces alusión a tu desesperanza ante la poesía y su periferia, o sea, ese mundo de falsos “camaradas” académicos y censores.


J.C.M. Lejos de mí la intención de resucitar a los profetas. Intento decir que todo encantamiento ha terminado, y que por vía inversa al discurso de Toni Negri, el reino de la posibilidad no está ya en manos de la sublimación retórica ni en el pensamiento débil de los actos de fuerza que conducen al indiferentismo, a que sea lo mismo un par de botas usadas que un Shakespeare, la Declaración Universal de los Derechos Humanos que el Decreto de una Ley de Extranjería. Hay grados de cualidad, eslabones claros de diferencia entre la banalidad y lo necesario, entre los valores de la dignidad y la apología criminal de la guerra. Cuando Oscar Wilde refería que la sociedad perdona con mayor frecuencia al criminal, pero no disculpa nunca al soñador, lo que estaba señalando es precisamente la caída en desgracia de la poesía como conducta, que no cabe confundir con ejemplaridad. Conducta del lenguaje hacia el norte del porvenir, una excavación en las zonas de peligro de la conciencia donde algún día sea innecesario que cada época se vengue de la anterior. El poeta contemporáneo ha de vender sus certezas para adquirir asombro, admiración por el indefenso ser humano, último destinatario de todo acto de voz. Claro que me siento más próximo a los apátridas que a los ministros del interior, a los mágicos cantores nahualts que a la épicas de los arcabuceros, más cerca de Carlos Marx y Walt Whitman que de las hechicerías que nos han dejado a las puertas de la casa de la conciencia la felicidad irredenta de millones de seres humanos arrojados a la fosa común por el autoritarismo. La historia de la poesía es también la historia de estos testimonios; testimoniar, mantener inmaculada y pura la sonrisa de los muertos es un deber moral de la poesía, un encargo que nadie nos ha hecho, y, por tanto, no contributivo en la hoja de servicios de nadie. El fracaso de ciertas utopías son también un fracaso como texto de inteligencia, pero la poesía sustituye las resignadas visiones de su “ningún lugar” por la anticipación de su futura nostalgia, es decir, la de “ningún lugar todavía”, el lenguaje en crisis que avanza, que retrocede, que se equivoca. Mi equivocación es esta, la he elegido, sigo oyendo el canto de los antepasados del sueño.


M.A. Si retomamos el orbe poético al que nos tenías acostumbrados, tu placer litúrgico por la palabra, ¿puedes hablar de tu influencia de la Torá como fuente de inspiración?


J.C.M. Poco me han importado las formas de la ritualidad y sus orbes litúrgicos. Sí, absolutamente, la inmanencia de la palabra, la gravitación de su presencia en la concepción de la poesía como un proyecto espiritual, más próximo a la cábala que a la lingüística, tan alejada de lo filológico y lo literario como próxima a alguna de las formas de intermediación con lo sagrado, sea lo que sea lo sagrado para cada uno de nosotros. La Torá es el libro, la fijación de la voz en escritura, lo oído, lo escuchado, la restitución de la palabra como consolación después de la pérdida de paraíso. Empezar a hablar es también abandonar el estado inicial de la inocencia, comenzar a interpretar en términos de habla el vínculo con el amor y la desolación, integrarse en la existencia de lo pronunciado, proseguir la ancestralidad del mandato. Posiblemente una sociedad guerrera produzca armas, como una religiosa lo que genere sean reliquias. Una sociedad basada en la cultura del libro no necesariamente ha de asegurar piedad y misericordia, pero es más probable que destierre el culto a los espectros de lo ominoso.


M.A. En determinados libros sagrados se da cuenta de las generaciones y generaciones que nos han precedido, es decir, se entiende que el pasado potencia el presente y viceversa: “Federico sedujo a Engels”. Así, tú has sido Lèdo Ivo, “el incrédulo”, Izet Zarajlic, Pasternak… ¿Sólo te concibes como sucesión de unas personalidades que inventas? ¿Presientes, por otra parte y de algún modo, el futuro?


J.C.M. Ni lo uno ni lo otro. Carezco de personalidad, afortunadamente también se ha acabado el tiempo de los adivinos. Las apariciones que cruzan las alcobas de La casa roja están convocadas desde una antigua alianza, la del fervor de mis lecturas, la compañía de algunos cómplices en la asamblea de la amistad y los vínculos. Me interesa sobre todo la poesía que establece una ruptura con la lógica de lo previsible, la búsqueda y el aplazamiento de sus hallazgos, la vinculación al enigma. "Sólo lo difícil es estimulante", decía Lezama Lima. Lo alentador en este caso tal vez sean las deudas de la dificultad, el grado de resistencia que oponen al conocimiento pragmático y la racionalidad obsesiva que ha desterrado el conocimiento intuitivo, la probabilidad cuántica del azar, la probabilidad del “todavía es posible” de la poética. Sí, lo difícil, como "movimiento real que destruye el estado de cosas existente", y no lo dijo Breton, lo dijo Carlos Marx, y algunos siglos antes ya lo habían entendido San Juan de la Cruz y los poetas nahualts. La poesía como presentimiento que desafía la dificultad del futuro.


M.A. A menudo recurres al microrrelato. Inicios como “En el penal de Espíritu Santo están los amigos culpables de todo”, “Érase una vez un muchacho”, “Vino a verme sin haber sido invitado y me dijo: ‘Siéntese’”, te dan pie al despliegue imaginativo que es toda tu poesía. ¿Cuántos Mestres eres capaz de inventarte, por qué ese deseo teatral de convertirte en protagonista de otra historia, “esa existencia pasada presente en el tiempo futuro, [que] se traduce en cansancio”?


J.C.M. No he escrito ni una sola línea que no haya tenido que ver con mi experiencia de vida, no son actos imaginativos relacionados con la fantasía literaria, en absoluto, son episodios centrales de mi propia biografía, yo he tenido amigos en el penal del Espíritu Santo, yo fui aquel muchacho que vendía souvenirs en el puerto para pagarse la Universidad. No he necesitado inventarme una vida, y ya lo lamento, los recursos de la imaginación me hubieran sin duda ayudado a hacer más llevadero el cansancio. Hay cansancio, claro que lo hay, el poeta siempre ha sido culpable de todo, de lo que hace y lo que deja de hacer, pero culpable de sí mismo, y eso, cuando menos, lo convierte en su propio protagonista, en una especie de taxista que lleva a la gente donde quiere ir, a ese lugar donde el poema aspira a ayudar a cada ser humano a vivir su propia vida. Ahora bien, la vida es oda, pero es también teatro, y elegía y sátira. La vida, esa cosa que decía Whitman nos sobraba de la muerte. Ningún recurso de la poesía que se haga presente para honrar, para dignificar, para enaltecer la condición humana será innecesario.


M.A. De tus textos se desprende una contundente confrontación personal con el resto de la realidad. En muchos poemas la describes: “El árbol que viste crecer de niño grita en el aserradero / Y las casas natales se derrumban bajo la lluvia. / / Los parroquianos discuten en la cantina sobre la redondez de la Tierra / (…) Las madres siguen desgranando guisantes bajo las lápidas”, y a continuación aparece el “yo” como persona que contempla, juzga y, sobre todo, siente: “Yo oiré las campanas en el centro del mundo / Mientras las casas natales se derrumban bajo la lluvia?”


J.C.M. Memoria, memoria y memoria. No es otra cosa esa presencia que aún no siendo invitada ocupa siempre su lugar en la balanza de la conciencia. Mi pueblo, en la paráfrasis de un magnífico poema del maestro Antonio Gamoneda, tiene un cementerio demasiado grande. No es tanta la gente que nos quiso durante épocas de penuria y silencio, los poetas hablan para una multitud que no existe, giran en el cielo como las vacas de Chagall tocando el violín azul que desprecian los comisarios de la utilidad.


M.A. Y al mismo tiempo, curiosamente, la figura del poeta aparece a menudo manchada por una fuerte carga de culpa, pendiente de pedir permiso por ser quien es. Por ejemplo, en el mayúsculo poema “El anzuelo de la libélula”: “Yo tenía una libélula en el corazón como otros tienen una patria / a la que adulan con la semilla de los ojos. Verdaderamente / las especies de la verdad son cosas difíciles de creer”, y pides luego perdón por resultar sincero contigo mismo: “Yo sólo tenía una libélula en el corazón como otros hermanos del vértigo”? ¿Por qué?


J.C.M. No lo sé, hay muchas cosas que ignoro sobre mi poesía. No tiene importancia. Decía Walter Benjamin que lo que ahora es comprendido algún día será entendido con la misma facilidad con que comprenden los niños el lenguaje de los pájaros la mañana de los domingos. La poesía hace preguntas, no da respuestas, deja huellas, piedrecitas blancas para señalar los días en que hemos sobrevivido a la angustia o hemos celebrado la existencia en la cordialidad del amor. No sé más, eso es todo.


M.A. El recurso que empleas de la salmodia, de una repetición incesante, ¿se debe a que así puedes aglutinar realidades diversas en un mismo poema, gracias a la “prosperidad de las repeticiones”, a las permanentes “metamorfosis” que acaban en la “nada” como en el poema del mismo nombre, o al deseo de dar muestra de la riqueza inabarcable de la realidad?


J.C.M. He creído poco en la escritura de las metáforas, esas palabras repeinadas con los soles viejos de la costumbre, que sólo cambian la realidad de sitio; más me gustaría estar cerca de una escritura de las metamorfosis que transformen, adelantándolos, los significados del porvenir. Es en las repeticiones, en el mantra persuasivo de su oración, en la prosperidad de su eco donde la voz que nunca responde acaso alguna vez nos oiga. Todo nuestro mundo interior es realidad, tal vez más real que el mundo externo y manifiestamente hiperreal. Muchas veces he pensado que quizá la poesía es la conciencia de algo de lo que no podemos tener conciencia de ninguna otra manera, una experiencia vedada a otro tipo de conocimiento, aquello que, desapercibido tras la apariencia física de las cosas, nos permite percibir el otro fluir cuántico de las partículas elementales del pensamiento, la ancestralidad de los sueños, esa intuición que nos permite seguir creyendo que en los solitarios parlamentos de la responsabilidad la única prohibición legítima ha de ser la prohibición del sufrimiento.


M.A. …Eres fiel a la tradición de la camaradería del poeta con los desamparados, con lo marginal…


J.C.M. Vivimos en la distopía, en el antónimo de lo que pudiera haber sido la existencia en el buen lugar. Esta y no otra es en nuestro presente la realidad de lo aciago, la sociología de lo negativo cauterizando las heridas que no nos prometió la razón. El patrimonio común de aquel sueño idealizado por Tomás Moro es hoy una cantera de cadáveres, un inasimilable censo de ciudadanos en busca de rostro. Lo impensable ha sucedido en el mejor de los mundos posibles. Aquí, alrededor de las palabras que intentando nombrar la felicidad, sólo han podido dar cuenta de una historia subyugada por su lealtad a los crímenes, la usura, el autoritarismo, la negación de la igualdad, la esclavitud del capitalismo. En la sociedad actual la Policía del Pensamiento, el Monopolio de la Verdad y la Teología del Mercado han alcanzado sus últimos objetivos. El mito del paraíso ha devorado a sus propios héroes y el “sentido para la realidad de lo posible” del que nos habla Musil en su novela El hombre sin atributos, pareciera ser hoy lo que Cioran denomina “la esclerosis de la rutina”, una sumisión a lo previsible y la paradoja de su impecable insensatez: la destrucción moral de los sueños, la tragedia de una sociedad que ha ido adquiriendo identidad en la medida que niega y repudia el pensamiento de cuanto de ella difiere. Todo esto podrá parecer pretencioso, ciertamente, pero sería infame no decirlo, callarse ante la contemplación de la barbarie y rendirse ante la corrección retórica.


M.A. En el final del libro figura una serie de poemas en prosa desoladores, que dejan al lector “a punto de revólver hacia el cementerio de las ambigüedades”. La pregunta es completamente ingenua, pero, ¿de dónde emana esa sucesión de orfandades, de crisis, de aquellas “columnas vertebrales de los suicidas” que no se habían advertido con tanta potencia en el resto de páginas de La casa roja?


J.C.M. Es la vida, mi amiga, que pasa con su caravana delante de la tumba donde las musas de los muchachos cuentan con los dedos las sílabas de la muerte. Es la prosa de las criaturas, “palabras civiles para después del tiempo” que diría mi irrepetible, mágico y admiradísimo poeta Rafael Pérez Estrada. Es mi amistad con la esperanza antes de cerrar los ojos.